miércoles, 18 de julio de 2012

Los sin techo. Del Profesor Daniel Vidart





Fotografías  tomadas por el responsable del blog  Julio Viana,   en las calles de Montevideo, Uruguay. El texto, como el título lo indica es de la autoría del Antropólogo y Profesor don Daniel Vidart y fue tomado de la agencia de noticias UY.Press, como se indica al final.


Aquí y ahora: los sin techo 
 12.07.2012 


Al pie del ordenador, desde el silencio de un tibio escritorio cuyas ventanas se abren a las luces de un cielo herrumbrado, cumplo con mi viejo oficio: pensar, sentir, recordar, razonar, medir las distancias que separan las topías de las utopias y escribir, escribir, escribir. Rodeado por esos hermanos discretos que son los libros juego, como un malabarista, con los posibles títulos del ensayo semanal que debo, mitad literatura, mitad ciencia, entregar a los lectores. Mis palabras provienen de un mar interior de vivencias y experiencias, de peregrinajes y sosiegos, en el que naufragó, tiempo ha, el gris navío de la teoría. Gracias a la balsa de la imaginación, la loca de la casa como la llamara Pascal, puedo seguir a flote y navegar, no importa si al garete: navigare necesse est, vivere non necesse. Poca gente camina por las veredas del atardecer. Uno de los transeúntes llama mi atención. Miserablemente vestido, escuálido, sucio, barba y pelo largos y revueltos, marcha lentamente, desgonzadamente, como olvidado del paso humano, ¿Adonde irá ese vagabundo, atrapado ya por las primeras sombras? ¿Dónde dormirá esa caricatura de la especie, ese ser doliente que vacila y se bambolea bajo un bulto que le dobla la espalda? ¿En qué umbral, bajo qué marquesina, en qué hueco oscuro armará su echadero? ¿Con qué abrigo contará para desafiar el frío del amanecer? Son preguntas y latigazos a la vez: los juicios de valor y los de realidad se dan la mano, y de tal modo, que a la vergüenza ajena le sumo la propia. Entonces, desde mi flagrante impotencia, desde mi incapacidad de socorrer a ese hijo de la intemperie que no tiene otro techo que el cielo ni otra cama que las duras baldosas, siento que debo socializar mi lástima y mi desasosiego . Carente de poder resolutorio, turbado por el recuerdo de los mendigos de Viridiana, aquella estremecedora película de Buñuel, me digo que solo tengo una respuesta, acorde con mi oficio de antropólogo descalzo: describir el cobijo de aquellos grupos humanos que descienden por los escalones de la precariedad hasta los bordes filosos del último límite. Voy a referirme, entonces, a la vivienda portátil, a la vivienda precaria y a la carencia de vivienda. Y, para no quedarme en la cáscara es preciso ir al grano, es decir, a las encarnaciones del Homo sapiens que afrontan las noches del mundo. El hombre es representado en los ideogramas de la escritura china por un signo que ubica una esquemática figurilla con los brazos abiertos dentro de los trazos que simulan las paredes y el techo de una casa. Sin ella, me dijo Li, el amigo que me hizo conocer gran parte de aquella inmensidad de tierras y de vidas, la humanidad perdería su condición y retornaría a la animalidad. Siguiendo con las memorias de mis viajes recuerdo también la expresión de una indiecita de la etnia panche en un poblado andino: tener techo no es riqueza, pero no tenerlo, ¡qué gran pobreza! El último escalón del desamparo humano lleva directamente al más profundo círculo del Infierno donde el Demonio dantesco en vez de atizar las llamaradas del fuego reinaba desde un trono de hielo. Y es en este territorio helado donde crece una forma de vida eufemísticamente llamada situación de calle , expresión políticamente correcta de hipocresía social. Sobre ese estado lastimoso voy a escribir ahora, con enojo y tristeza, convencido de que la mano de hierro de la realidad golpea mas persuasivamente que la retórica del disimulo. Es preciso, amigos míos, hacer añicos esa frase edulcorada para enfrentarnos, desde el pique, con un desafiante tema moral: la condición de los parias callejeros -ayer llamados bichicomes - afectados por patologías sociales o mentales que los han condenado a ser hijos de la intemperie y, en estos días, a la posible muerte invernal. Y no lo haré solamente en mi condición de antropólogo sino también como habitante de Montevideo, la Muy Fiel y Reconquistadora ciudad colonial que el Uruguay del primer y legítimo batllismo convirtió en la capital de la Suiza de América. Barriendo debajo de la alfombra En los informes de las agencias internacionales se eluden las voces miseria, explotación, exclusión, discriminación y otras que huelen a mugre de covacha, a orín de ropa sucia, a podredumbre ambiental. Se habla, si, de Línea de Pobreza e Indigencia y de Necesidades Básicas Insatisfechas, no vayan a enojarse los gobiernos con la CEPAL y otras agencias de la Naciones Unidas. Basándose en la entrada de uno o dos dólares diarios por familia, el Banco Mundial diagnosticó en el año 2000 que en América Latina y el Caribe se desvivían, medraban o duraban estos tres términos me pertenecen- alrededor de 52 millones de pobres. Un poco mas tarde, en el 2005, la CEPAL elevó la cifra a los 88 millones largos. Un experto de esa institución, Genaro Arriagada, atribuyó al Uruguay un 6% de pobreza urbana en tanto que en Honduras la cifra llegaba al 67%. La Pobreza Estructural, - la decencia letrada de las clases hegemónicas adopta la terminología soft y rechaza la hard - resulta de la combinación de los datos de la Línea de Pobreza e Indigencia con los de las NBI, es decir, las Necesidades Básicas Insatisfechas. El arte de hacerle quites a la voz miseria, o sea de barrer la basura abajo de la alfombra, se trasluce en este concepto de mister Mac Donald: Hoy se incluyen además en el concepto de pobreza asuntos como la vulnerabilidad y exposición al riesgo que presentan los hogares pobres o la ausencia de poder y la escasa presencia social que limitan sus capacidades y libertades para desarrollar su vida en la forma en que deseen . Bien. Los que no pueden desarrollar su vida de acuerdo con el abanico de sus deseos están, digamos que aviados, para no recurrir a jodidos, una mas exacta expresión popular. Pero es preciso distinguir entre los estilos y géneros de vida, que no son la misma cosa. Un ancho foso separa a los grupos errabundos de los sedentarios que Braudel. con mente helenizante, denomina bárbaros y civilizados. Porque no todos los nómadas son miserables ni todos los sedentarios están bien alojados. La vivienda transportable En primer lugar sale a nuestro paso el hombre caracol. No alarmase. Se trata de una metáfora, no de una apelación al absurdo, como lo hiciera Ionesco con el rinoceronte. En griego la voz fereoicos - el que lleva su casa a cuestas , el que carga con su vivienda - denominaba al caracol, el molusco protegido por una cáscara del provenzal cacar de la que proviene, precisamente el nombre del bicho. Dicha cáscara constituye el caparazón y no la caparazón, como comúnmente se llama al refugio portátil de esos implacables devoradores de jardines. Tal es lo que sucede con el nómada. Al igual que el caracol se moviliza con sus viviendas y demás enseres, que por cierto no son muchos. Sus riquezas, necesariamente intangibles, relucen alma adentro: la palabra sentenciosa, el canto sibilino, la magia de los números, la intensidad simbólica de los mitos. Desde el tipi de los pieles rojas pasando por la jaima de los beduinos hasta la yurta de los mongoles existe una serie de viviendas portátiles que se trasladan junto con el grupo humano cuando este cambia de sitio. Las formas más sencillas están representadas por el paravientos de juncos, como el de los Charrúas, o las mamparas de hojas de palma de los Yanomami - los verdaderos hombres -, ambos consistentes en un plano inclinado de una sola vertiente que apoya uno de sus lados en el suelo, formando con él un ángulo agudo. Debajo de esa endeble protección transcurría la vida doméstica de la familia. Y hablo en pasado porque los Charrúas tribalizados ya no están en este mundo y a los Yanomami los ha corrido y diezmado la minería del capitalismo depredador, la tala de la selva amazónica y la búsqueda de tierras nuevas impuestas por la plaga del hombre blanco y su economía del despojo. Los pigmeos africanos levantan chozas de ramas y grandes hojas como techumbre. En este caso no se trata de un refugio portátil sino de un techo transitorio que se abandona al trasladarse el grupo a otra zona de la floresta ecuatorial, esa que Conrad llamara el corazón de las tinieblas . Por su parte los guaraníes selváticos construyen malocas, grandes viviendas colectivas donde residen varias familias. Se abandonan cuando se agota la fertilidad de los suelos y el grupo debe abrir otro calvero, incendios mediante, para plantar allí la preciada yuca o mandioca. Los integrantes de los pueblos mal llamados salvajes (del portugués selvagem), pues no todos viven en la selva, levantan, cuando son sedentarios, cabañas cónicas o cuadrangulares con elementos extraídos del medio circundante. En caso de catástrofes naturales o asedios del colono armado la comunidad se trasladaba si antes la muerte no le hacía una zancadilla- hasta otros sitios menos expuestos a la mano larga del intruso europeo, autodenominado representante de la civilización de Occidente . Lo sucedido en el pasado hoy es repetido por otros protagonistas, impulsados por los mismos intereses, aunque ya son pocas las tribus arcaizantes que subsisten en los remotos rincones del planeta. A partir del tugurio Tugurio y taberna eran voces sinónimas en la antigua Roma. La voz tugurium se empleaba para nombrar a las chozas y cabañas. Choza viene de chozo, refugio pequeño , y se refiere, según Corominas, a la armazón de tablas, fija o móvil, con que los soldados se guarecían de los tiros del enemigo. A su vez cabaña tiene su antecedente en capanna, término del latín tardío tomado de una lengua prerromana. Tugurium quizá provenga de tego, que en un principio significaría abrigo , aunque algunos lingüistas lo remiten a un empréstito de una lengua no latina. Los glosadores medievales del siglo XII atribuyen al tugurium las características de casa brevis, hospitium pauperis modicum, cellula parva, casulla, denominaciones que aluden a la pequeñez y pobreza de ese refugio. Festus, jurisconsulto romano, explicaba que los tuguria (plural de tugurium) eran las astrosas viviendas de los campesinos, al par que el Digesto un verdadero monumento jurídico- aclara que esa denominación se aplicaba más bien a las habitaciones rusticas (de rus, ruris, campo, propiedad rural) que a las de las ciudades. De todo ello se puede deducir que el tugurium era una cabaña rural, techada con paja y sustentada con tapias, ramazones y tablas, materiales ligeros y poco elaborados. Vengamos ahora al tugurio actual, tal como se le considera en nuestro idioma. En sentido estricto el tugurio designa a la choza o casilla de los pastores pero se utiliza con mayor frecuencia para nombrar una habitación minúscula, sucia, destartalada y, por ende, paupérrima. Qué es eso de taberna La voz taberna se aplica a un expendio de bebidas alcohólicas donde se reúnen, para cumplir con el rito de la borrachera y los oficios de la vida ociosa, las amigos de boliche, los adictos al naipe, la gente de avería y los aficionados al trago. Sin embargo, en su origen, la voz taberna significaba cabaña, choza, habitación muy humilde, casilla de guardián, y no del centeno, como preferiría agregar Salinger. Según lo que cuentan los autores romanos Festus y Ulpiano la voz taberna deriva de las tablas tabula, tabulae - utilizadas para su construcción. La gente tabernaria vivía en los suburbios. Algo mas tarde, lel término pasa a designar una sórdida casa de comercio cuyas estanterías estaban construidas con tablas, fácilmente desmontables y transportables. De ello se deduce que la taberna era itinerante: iba tras el deambular de las multitudes favorecidas por el pan y el circo que le ofrecían, para tenerlas a raya, los patricios romanos. La taberna actual utiliza dichas tablas para alinear sobre ellas las botellas de bebidas alcohólicas. Nada tan tenaz como la costumbre ni tan desconocido como su origen. Nomenclátor de la miseria Poblamiento espontáneo, viviendas precarias, asentamientos irregulares o informales: estos son los despistadores términos que, tanto en los dictámenes de los expertos como en el léxico de los gobiernos con cola de paja, disimulan o encubren las materializaciones de la miseria. El pueblo ha sido menos mojigato, más elocuente e inventivo. A estas caricaturas de vivienda ribereñas de los arroyos de aguas inmundas, encogidas al pie de los barrancos, apiñadas en las tierras de nadie que se dilatan en las orillas - terrenales purgatorios donde conviven pobres de solemnidad con delincuentes y drogadictos- el ácido y ocurrente lenguaje popular ha denominado de muy diversas manera en América letrina -valga la boutade- Se les llamaba cantegriles en el Uruguay urbano y pueblos de ratas en el Uruguay rural. En España se les dice chabolas. Esta voz proviene del euskera txabola, tal vez tomada del viejo francés jaole, jaula, cuya fuente se encuentra en la latina caveola, con el mismo significado, aunque reduciendo su tamaño al mínimo. Cosa interesante: de aquí se originan gaiola, jaula en portugués, y gayola, que en nuestro lunfardo se refería a la cárcel. Colombia, tan castiza en su hablar, recurre al término tugurio. En Santiago de Chile y Quito se les dice callampas, que en quechua significa hongos, nombre apropiado pues aparecen de un día a otro, súbitamente, en alas del éxodo rural o la ocupación suburbana. Las favelas brasileñas, que trepan y se apeñuscan en los morros cariocas tienen un nombre de origen disputado: algunos lingüistas se inclinan por favilla, que en latín significa rescoldo, ceniza caliente, braserío, pues por la noche brillan y titilan miles de luces en los cerros, en tanto que otros prefieren favo, panal, porque los morros, cubiertos por esas celdas de la pobreza, del delito y la droga, semejan colmenas. En las islas del Caribe donde se habla francés - remitámonos al desdichado Haití- se utiliza la voz bidonville, es decir, la ciudad hecha con bidones, con despanzurrados recipientes de lata. La voz comenzó a usarse en Marruecos, del otro lado del Océano Atlántico. Los nombres restantes de la geografía del desamparo son los siguientes: villas miseria en Buenos Aires, pueblos jóvenes en Lima, chacaritas en Asunción del Paraguay, ranchos, barrios y barriadas en Caracas, brujas en Panamá, arrabales en Puerto Rico, precarios en Costa Rica, champas en Guatemala, ciudades perdidas en México, invasiones en Honduras, trench town en Jamaica, shanty town en los EE.UU. No sigamos más. Lo que interesa en este caso son los pájaros, no las plumas. Y los pájaros están flacos, apestados, muertos de hambre. América latina, una de las regiones mas urbanizadas del planeta, concentra la mayor parte de la pobreza extrema en las ciudades, aunque la miseria también aflora en los campos, en las montañas y en el cinturón de las selvas, esos sufrideros donde el indio, expulsado de su hábitat, se proletariza y emputece. UN-HABITAT ha tenido la poética gentileza de distinguir entre los asentamientos de la esperanza y los asentamientos de la desesperación . Los primeros son poblaciones ilegales que se hallan en proceso de consolidación y desarrollo ; en los segundos la situación ambiental y la doméstica está empeorando y presentan un proceso de degradación . En Montevideo sucede lo mismo. No todos los asentamientos precarios son nidales de la mala vida y si caseríos macilentos de los desalojados por las crisis económicas posteriores al milicato. Con lo dicho hasta ahora hemos mostrado la punta del iceberg. No es posible, en pocas líneas, realizar un examen de esta infeliz derrota de la condición humana. Pero la imagen de la vivienda retrata la suerte de sus habitantes. El saber científico y la experiencia popular se han pronunciado, a su manera, acerca del debe y el haber de una organización de la sociedad, la economía y la cultura en un mundo donde el capitalismo salvaje ha polarizado la humanidad en dos extremos. En uno habitan las satisfacciones, los dispendios y la riqueza ostentosa, y en el otro, numéricamente mucho más abundante, se multiplican los fracasos, las desdichas, las marginaciones y las carencias. De tal modo se están definiendo dos polos sociales: en uno se ubica la humanidad que disfruta, si bien no igualitariamente, del trabajo, la casa y la comida, y en otro languidece un cada vez más numeroso conjunto de seres que desciende, tanto física como mentalmente, hacia la condición de subhumanidad. Situación de calle Finalmente debemos referirnos a los intocables de una sociedad que si bien no conoce las castas niega la existencia de clases sociales. En efecto, las viejas realidades no han muerto con la (presunta) expulsión de Marx de la teoría social contemporánea por parte del neoliberalismo rampante. Los que duermen en la calle, los desperdicios de un sistema llamado democrático, no pueden ni deben continuar en el actual estado. Son ya mil los infelices que duermen al aire libre en las veredas y los recovecos edilicios de Montevideo. No se trata, en estos lamentables casos, del ejercicio del libre arbitrio personal. El Estado debe velar por los ciudadanos indigentes, por los enfermos del alma y del cuerpo que nos miran con sus ojos lagañosos, nos señalan con sus dedos sucios y, por lo bajo, nos increpan con sus bocas desdentadas. Nos hemos acostumbrado a verlos tumbados en los portales, cubiertos con roñosas y malolientes coberturas. Y cuando la piel paquidérmica de la indiferencia recubre la sensibilidad del ciudadano compete a las autoridades municipales y nacionales atacar frontalmente este desgraciado asunto. Es preciso crear instituciones de amparo y no refugios invernales. No solamente ofrecer una caliente pitanza en transitorios hospicios nocturnos, sino, con prudencia y paciencia, proporcionar protección permanente a quienes necesitan el calor de la ternura, la dignificación del trabajo, la internación y cura del enfermo, el rescate del alma perdida. No digamos más situación de calle . Es una expresión neutra, esmerilada, que resulta falaz, cuando no soberbia e insultante. Instemos al Estado, al gobierno, a los poderes constituidos, para que un plan eficaz de recuperación termine con la miseria ambulante, con la vida a suelo duro de esos pobrecitos desvalidos, de esos dolientes hermanos nuestros, que, sin decirlo, con solo exhibir sus lacras, reclaman justicia y no caridad. Sus minusvalías físicas y psíquicas exigen un reencuentro con la vida útil o la terapia apropiada en vez de la olla podrida que calienta la panza, el baño que quita la catinga y el peine que arrastra las liendres por lo que dure el invierno, y no más El Frente Amplio respira con los pulmones del pueblo. Así se dice y así debe ser. Que entre otras tantas tareas pendientes y en marcha, integre los deshechos sociales de ese pueblo a la dignidad ciudadana. No falta la imaginación creadora. Hay voluntad de obra. Existen los recursos. Se debe ofrecer vivienda, sí, y efectivamente se está en eso pero previamente hay que crear fuentes de trabajo, centros de rehabilitación, escuelas de convivencia. Hambrientos y desocupados en casa nueva suena a paradoja. En pocos días la desguazan, venden los artefactos y enseres, gastan lo obtenido y retornan a la indefensión y el desamparo de la vereda nocturna. Es preciso articular políticas de corto, medio y largo plazo para acabar con estas lástimas sociales, para devolverles la fe a estos derrotados, para atender y curar a estos enfermos. Al proceder de tal modo no se debe apelar al autoritarismo de una leva, al manotón de un arrebato a la brava. Los Derechos Humanos del Otro exigen un tratamiento a la vez delicado y eficiente, generoso y compulsivo, ético y político. No hablo de una estacional ayuda sino de un permanente ejercicio de la dignidad y la justicia en el más alto sentido de los términos. Este desafío a todos nos atañe. Constituye un deber nacional terminar con las causas y los efectos de la situación de calle , es decir, de la miseria que se acuesta en la noche del hombre. Daniel Vidart. Antropólogo, docente, investigador, ensayista y poeta. 

Tomado de : UyPress - Agencia Uruguaya de Noticias Contacto: uypress@uypress.net

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